El asesinato de Jamal Khashoggi, la doble moral Occidental

Por Richard Canan

Con manos de seda. Con una vergonzosa tolerancia y permisividad. Así de sorprendente es el oprobioso Imperio norteamericano a la hora de aplicar su manual de doble moralidad, lleno de descarada impudicia para juzgar implacablemente a unos y perdonar magnánimamente a otros.

Estados Unidos es implacable a la hora de criticar las supuestas violaciones de Derechos Humanos de sus adversarios, donde siempre prescinde de la diplomacia cuando se erige en juez y verdugo, aplicando la venganza por su propia mano. Se cree el Sheriff del planeta, actuando siempre como bravucón de barrio, lleno de soberbia y torpeza.

Ahora resulta que hace crisis su doble moralidad. Especialmente cuando los atroces crímenes los ejecuta uno de sus más fieles aliados. No por casualidad Arabia Saudita es uno de los mayores socios comerciales del Imperio norteamericano. Los sauditas son sus proveedores seguros de millones de barriles de petróleo; pero Estados Unidos equilibra la balanza comercial, vendiéndole millones de dólares en armamento de punta. Para rematar, estos socios, comparten un fin común geoestratégico en el Medio Oriente que ha causado la desestabilización de toda la región.

El Imperio norteamericano queda en evidencia, por su comprobada inmoralidad, al compartir afectos y predilección (protección más bien) por países con pública tendencia a torturar, picar y desaparecer a sus odiosos enemigos, periodistas incluidos.

Con un pañuelo en la nariz el inefable Donald Trump se acaba de dar “por enterado” del terrible asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi (columnista del diario The Washington Post), hecho ocurrido al interior de la propia embajada de Arabia Saudita ubicada en Turquía. Con hipócrita cara de consternación señaló: “Ciertamente eso parece para mí, es muy triste”. Farsante. Si el asesinato lo hubiera cometido cualquier otro país, Trump hubiera soltado fuego por la boca, enseñado el botón nuclear y enviado raudamente todos sus portaviones y misiles nucleares al lugar del crimen. De seguro hubiera llamado a reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o pedido el inmediato despliegue de toda la flota de la OTAN.

El crimen del periodista fue tenebroso. El modus operandi es el propio de los grupos mafiosos. De la camorra, de delincuencia organizada. Torturaron, mataron, desmembraron y desaparecieron su cuerpo. Todo dentro de una instalación diplomática, ejecutado por personal saudí llegado ese mismo día en dos aviones privados. Casi todos altos cargos de las fuerzas de seguridad del gobierno de este país. Un crimen planificado, propio de la época de la Guerra Fría para desaparecer y callar a un incómodo adversario político.

Es evidente que la pataleta de Trump es puro amague, un falso enojo. Nunca va a enemistarse con su predilecto socio. Recordemos que los inescrupulosos países imperiales se burlan cuando quieren del derecho internacional. Creen que tienen licencia para matar y que gozan de total impunidad.

El caso del periodista Jamal casi que es opacado frente a la enorme catástrofe humanitaria generada por estos dos socios en Yemen. El manto de la tragedia se ha vertido sobre este país, de por sí, históricamente, de los más pobres del Medio Oriente. Aquí, Arabia Saudita y Estados Unidos, con el apoyo de Francia e Inglaterra (los llaman, nuevamente, la Coalición Internacional) han sido señalados por la ONU de desatar una mortífera campaña de ataques aéreos indiscriminados contra la población civil. Crímenes de guerra ejecutados bajo el tenebroso nombre de Operación Tormenta Decisiva (recordando claramente los desmanes ejecutados en Irak). Aunque parezca increíble, luego del inicio del conflicto, grupos terroristas como Al-Qaeda y el Estado Islámico han tomado el control de vastos territorios, en las propias narices de la torpe Coalición.

Los organismos internacionales humanitarios señalan que producto de la guerra, Yemen padece una “hambruna devastadora” que afecta a más de 18 millones de personas, corriendo el riesgo de morir de “inanición” por la destrucción de toda la infraestructura de servicios básicos elementales. La ONU indica que “14,5 millones de personas no tienen acceso a agua potable segura y a infraestructuras de saneamiento adecuado”. Lo que facilitó la propagación de la epidemia del Cólera, que “afectó a un millón de personas, de las cuales más de 2.000 murieron, muchas de ellas niños”.

La inestabilidad en la región se inició por la irresponsabilidad de Estados Unidos, con sus torpes intentos de “occidentalización” del Medio Oriente mediante la imposición de la Primavera Árabe (2011), generando la ruptura del equilibrio tribal y religioso de la mayoría de países con cultura y sistemas de organización social milenarias. La guerra civil ha provocado la muerte de más de 10.000 personas y causado 50.000 heridos. Más de 3.000.000 de personas han sido desplazados de sus hogares y 2.500.000 niños están sin escolarizar.

Para los militantes de la extrema derecha que sueñan con invasiones militares, abran los ojos y lean los reportes de los organismos internacionales que están trabajando sobre el terreno en Yemen: “los ataques aéreos de la coalición cayeron contra zonas residenciales, mercados, funerales, bodas y lugares de detención, así como barcos con civiles e instalaciones médicas”.

Señores del Imperio norteamericano, gracias por la atención, pero no requerimos de sus coaliciones “salvadoras”. Dios nos libre del aliento de la muerte del Tío Sam.

 

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