Una intervención militar en Venezuela sería lenta pero destructiva

Tras muchos años de acusaciones y especulaciones, finalmente una invasión de EE.UU. a Venezuela es una posibilidad. Posibilidad la invasión, pues la intervención ya es cierta: Guaidó está directamente bajo la protección de EE.UU. y está formando un Estado paralelo gracias a su apoyo.

Pero eso realmente no es motivo de burla.

Tras años de duplicaciones de poderes públicos, si Guaidó no es una figura ridícula como Luisa Ortega o el TSJ en el exilio es por el apoyo de EE.UU.

Este está proveyendo también un plan y una estrategia que tiene años en elaboración y que, evidentemente, no ha sido concebida por las mentes de la MUD o el Frente Amplio.

Es un verdadero Take Over –una toma de poder o de control– del Gobierno de EE.UU. sobre la oposición venezolana con pocos precedentes.

En esa estrategia la invasión o intervención militar es solo uno de los escenarios posibles y resultado de la alianza de Trump con un grupo de neocons más convencionales vinculados al exilio cubano.

Verdaderos veteranos que participaron en operaciones de los ochenta contra Panamá y Nicaragua, y que han vuelto a la palestra amparados por Marco Rubio, quien presentó a Lilian Tintori con Trump y es el gran artífice y cara visible de esta operación.

La intervención en este caso es el último recurso, no el primero. Y entender las razones de la intervención nos dice mucho sobre cómo podría darse la invasión si es que ocurre.

¿A qué le pegarían primero? ¿Con qué fuerza? ¿Cómo procederían?

Para saberlo hay que considerar varias cosas.

No es tu petróleo, eres tú

La guerra de Irak dejó confundida a mucha gente y con la impresión errada de que, a estas alturas del partido, hace falta conquistar militarmente un país para tener acceso o controlar sus recursos naturales.

Esa versión, que cree la mayor parte de las izquierdas en el mundo, es simplemente errónea.

La alimenta también cierto narcisismo venezolano según el cual nuestras reservas de petróleo son codiciadas por el universo.

EE.UU. tiene acceso a muchas materias primas en todo el globo y, para hacerlo, no tiene que conquistarlo o imponer Gobiernos títeres: sería simplemente muy costoso.

Este tema de costos y beneficios veremos cómo se repite.

En una invasión se concentran razones económicas, geopolíticas, militares, de prestigio, etc. Incrementar el gasto militar doméstico, financiado con impuestos de los ciudadanos, puede ser más importante que “apoderarse” de las materias primas de otro país, sacarle un problema a un presidente de encima puede causar un bombardeo.

De hecho, el principal proveedor de petróleo a EE.UU. es Canadá, país que, indudablemente, no es “colonia” de EE.UU. Le siguen México, Arabia Saudita e Irak. Ni siquiera en la zona del Golfo de México somos ya el principal proveedor, dado que hemos sido superados por Colombia.

¿Entonces?

Los motivos del águila

La verdad es que EE.UU. no ha tenido nunca problemas para acceder a nuestro petróleo, lo que sí ha pasado es que ellos han ido encontrando otros vendedores y nosotros otros clientes.

Otra cosa importante es que ellos realmente no lo necesitan, al menos en el sentido económico: con la revolución del fracking, EE.UU. se está convirtiendo en el mayor productor de hidrocarburos del planeta.

Y en Canadá hay otra “faja petrolífera” con crudo extrapesado, solo un poco más pequeña que la nuestra, que está mucho más cerca si ellos quisieran usar ese tipo de crudo.

Entonces, ¿qué razones tiene Trump para intervenir en un país que, en honor a la verdad, le importa un bledo para bien o para mal? Las razones para intervenir no son petroleras, aunque tampoco altruistas precisamente, y prefiguran lo que es y puede ser la intervención.

Al menos el petróleo, por sí solo, no es razón para tomarse tantos problemas: a Trump probablemente le importa más quitárselo a China y Rusia que agarrarlo para EE.UU.  Las razones tienen que ver con prestigio, política interna y estrategias de poder, pero a escala geopolítica:

La larga campaña:

La campaña presidencial de EE.UU. se viene, y es larguísima. Comienza con un Congreso Demócrata dispuesto a perseguir a Trump durante toda su carrera a la reelección. Ya ha tenido que quedar mal con su promesa del muro.

Venezuela parece ser el nuevo “proyecto” de Trump destinado tanto a desviar la atención de los asuntos internos como a reforzar su imagen, frente a la base ultraconservadora, y, con un poco de suerte, presentarle como salvador no solo de Venezuela sino de la “América toda”.

Una cosa es llegar a la campaña como un corrupto incompetente coludido con potencias extranjeras que no ha cumplido ninguna promesa, y otra entrar como el gran estadista de las Américas. Eso vale oro. Y en ese proyecto Trump puede reclutar ayuda.

Los aliados neocon

Realmente Trump no habla en exceso sobre Venezuela. Solo lo ha hecho cuando hace falta, abriendo la opción militar y reconociendo a Guaidó. El día a día de la cosa lo lleva Marco Rubio (¿vicepresidente 2020?).

Este se ha puesto al frente de un equipo en que están Pompeo, Pence y otros veteranos de Bush, anticastristas y neocons clásicos, con mentalidad de guerra fría, que ven en la operación contra Venezuela el inicio de una operación contra Cuba y Nicaragua.

Al darles mano libre, Trump no solo queda bien para la foto (ante cierto público), sino que refuerza alianzas políticas y electorales que son muy importantes en sí mismas y en vísperas de una elección reñida y de posibles investigaciones en el congreso y hasta de un impeachment.

Estamos hablando de una lucha por el poder que se está dando allá en el norte. Cada alianza cuenta, cada congresista, cada senador, cada lobista, cada medio de comunicación.

Neomonroismo

“Aquí en el hemisferio occidental estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de potencias extranjeras expansionistas”, dijo Trump ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York el año pasado.

Aunque en decadencia o en repliegue (según quien lo vea) EE.UU. sigue siendo una gran potencia. Y no es que Trump esté renunciando a ese puesto: está redesplegando sus fuerzas donde cree que le sirven más.

Y lo que, al parecer, él cree que le sirve es justamente lo contrario que Bush hijo: cuando este vio que el golpe en Venezuela no había resultado y que estaban llegando al poder Gobiernos de izquierda, puso a América Latina en segundo o tercer plano y se enfocó en el Medio Oriente y el eje Asia-pacífico.

Trump, que encuentra a Venezuela en crisis y una ola de Gobiernos de derecha en la región, que estima que los gastos militares en el Medio Oriente son demasiado altos y que China le está sacando ventaja a EE.UU., se está replegando del resto del mundo y afincándose en el “área de influencia” primera de EE.UU. contrarrestando la influencia china y rusa que creció durante más de una década.

Ya funcionarios de Trump como Tillerson lo habían dicho antes. Y Trump parece confirmar el mensaje, algo como: “En Eurasia se ven más bonitos, en el Caribe no mucho”.

Se entiende que esto es más temible y amenazante que la simple teoría del saqueo y el vulgar: “dame tu petróleo”: decir que EE.UU. se repliegan de otras regiones quiere decir que se despliega en América Latina donde hay casi media docena de Gobiernos con los que pueden cooperar estrechamente.

Under Pressure

Ya está claro que, aunque el método de Trump es conflictivo y desastroso, no es simplemente un loquito que llega tirando manotazos.

La verdad es que gobierna con la lógica de las corporaciones: maximizando los beneficios para su organización (EE.UU. o su Gobierno), minimizando los costos y, si es posible, transfiriéndoselos a otros.

Por ejemplo, para “pararle los pies a China” le importa poco sabotear todo el comercio global. Para consolidar su alianza con las petroleras, acaba con los acuerdos de Kioto y París. Para ganarse a la América pobre, cristiana y profunda, meter niños de emigrantes en cárceles es un costo aceptable.

Ha circulado mucho últimamente la entrevista al analista español Pedro Baños que interpreta la estrategia de Trump en términos de la perspectiva corporativa de los costos y beneficios.

Eso nos dice mucho sobre cómo es la estrategia actual de intervención y cómo podría ser la invasión.

Actualmente Trump está poniendo grandes presiones sobre Venezuela, que no le cuestan nada. Sancionar, tomar los activos de PDVSA, apoyar a Guaidó, atacar mediáticamente a Venezuela le sale muy barato, pero le hace las cosas muy difíciles al Gobierno venezolano.

Y lo que más barato le sale, y más ganancias le da, es que Maduro salga del poder sin disparar un tiro. Que los militares venezolanos le derroquen, negocien con él, y haya unas elecciones.

Con eso sería suficiente para Trump, incluso si Guaidó no llega a ser presidente nunca. Inevitablemente Venezuela caería bajo su influencia. Por eso tiene más de un año pidiendo a los militares que derroquen a Maduro y todas las estrategias son para obligarles a hacerlo.

Sigue en la misma lógica de los costos y beneficios: hacer que salga más barato para los militares venezolanos, derrocar a Maduro que mantenerlo en el poder.

La maniobra con la ayuda humanitaria es, simplemente, otra manera de provocar esa ruptura. Sanciones y bloqueo a PDVSA se mantendrán el tiempo necesario. Los costos los pagamos nosotros la ganancia él.

Pero ¿y si eso no ocurre?

Menos que Vietnam, pero más que Panamá

Puede llegar el momento crítico en que tener sancionada y bloqueada a Venezuela le salga más caro y problemático que otra cosa. ¿Qué pasa si es percibido como el que lo puso todo peor? ¿Si le disminuye costos políticos al Gobierno venezolano?

En meses, no años, tendrá que decidir. Por eso es que es tan importante exagerar y usar la amenaza de la invasión tal como amenazó a Corea del Norte con la guerra para luego negociar.

Pero la verdad es que está muy comprometido en esto y necesita sacar algo bastante jugoso. Lo ideal sería la cabeza de los principales líderes del chavismo.

Pero parece que los militares no derrocarán a Maduro. Los enemigos del chavismo dicen que es debido a que las fuerzas armadas se han convertido en un cartel, un grupo criminal, los defensores, que es por su lealtad y patriotismo.

Lo cierto es que para los militares es inseguro e incierto tomar semejante decisión y, por supuesto, la misma presión de Trump ya los unifica en torno al Gobierno. La racionalidad de los militares venezolanos no es como Trump cree que es.

La ruptura no se da y en ese contexto todos tienen que mostrar los dientes: Trump dice que arrasará a las FANB con un soplo, Maduro asegura que será otro Vietnam.

Pero la verdad es que ni Venezuela es tan débil como Panamá o Granada, ni está en las condiciones de hacer lo que hizo Vietnam.

Pero tal vez no tiene que hacerlo.

Lo que definitivamente juega a favor del Gobierno venezolano es que los costos aceptables de invadir Venezuela son mucho más bajos que los de otras invasiones: nadie en EE.UU. ve esto como una prioridad, pocos lo quieren hacer. Ni Trump quiere.

En Afganistán, para vengar el 11-S eran aceptables cientos de miles de soldados estadounidenses en bolsas de plástico y centenares de miles de civiles de un país del tercer mundo muertos. En Irak ya tuvieron que inventar lo de las armas de destrucción masiva.

¿Qué razones habría para que lleguen decenas o cientos de soldados muertos desde Venezuela? ¿Cómo quedaría si mata a miles de esos venezolanos victimizados en los medios?: en ese caso el chavismo gana aunque esté perdiendo.

Por eso hace falta vincular a Venezuela con Hezbolá y el ELN, pero la verdad es que eso no va a bastar: EE.UU. no puede tener acá muchos muertos, ni gastar demasiado dinero, ni estar más tiempo del estrictamente necesario.

Botas en el terreno

En sí la invasión es un golpe de Estado mediante fuerzas extranjeras. Hay una larga e infame tradición de invasiones así, de las cuales los tres últimos ejemplos fueron: Panamá, Granada y Haití.

Esta sería una más de esas guerras del Caribe y de ahí, sobre todo, vendrían las fuerzas invasoras: las principales ciudades venezolanas, industrias y centros de poder están a minutos del mar.

En ese sentido uno se puede imaginar unos objetivos básicos para la invasión:

Tomar el poder y capturar a los líderes chavistas:

Esto es lo esencial para ellos: operaciones de “extracción” como las perpetradas con Noriega o Aristide, seguidas por deportaciones y ruido mediático. En este nivel se trata de un simple golpe: ocupar Miraflores, Fuerte Tiuna y otros centros de poder. Ubicar y capturar, o eliminar, figuras claves del Gobierno y de la Revolución bolivariana.

Si logra la captura maximiza el beneficio por meses con deportaciones, humillaciones públicas, juicios, difamaciones, revelaciones etc. Si mueren, otro tipo de “ganancia” más macabra es posible, como la sacada de la muerte de Gadafi. Pero si se le escapan, lo que pierde es mucho.

Aplastar los grandes focos de resistencia:

Aunque Venezuela seguramente no esté en condiciones de dar una batalla como la que dio Vietnam, la pelea será mucho más fea de lo que dicen muchos. Los militares americanos, obviamente, lo saben y precisamente para economizar vidas estadounidenses (recordemos que acá, donde no hay nada que buscar, incluso solo un muerto es mucho para el público en EE.UU.) los ataques a distancia y automatizados abundarán sobre puntos donde esperen más resistencia.

Además de disminuir sus costos humanos, estos infunden miedo y devastación y pueden focalizarse, por lo que serían ideales para fines de los invasores. Esos ataques vendrán o desde portaaviones y submarinos en el Caribe o bases en Colombia.

Ocupar las grandes ciudades y el eje norte costero

Para establecer un “Gobierno de transición” tiene que haber un despliegue de fuerzas de alguna magnitud. Afortunadamente para ellos la mayoría de la población de Venezuela se concentra en unas pocas áreas (altos y bajos mirandinos, Caracas, Maracaibo y su área metropolitana, eje Maracay-Valencia) donde podrían desplegar tropas que podrían moverse rápidamente en un área relativamente reducida.

PDVSA así como Guri y otras instalaciones estratégicas, seguramente serían ocupadas, pero es bien difícil que veamos tropas americanas, al menos permanentemente, en Guasdualito o El Tigre.

Sin duda Trump, como en Europa, presionará muchísimo a sus aliados para que compartan con él los costos. En el caso de Colombia será más sencillo y sería de esperarse que hubiera tropas colombianas en las ciudades fronterizas, y que expandieran sus operaciones antiinsurgentes en nuestro territorio: San Cristóbal, Ureña, Maicao, tal vez todas las grandes ciudades de los Andes y el Zulia, excepto tal vez Maracaibo, podrían ser tomadas por tropas colombianas.

Con Brasil es otro tema, porque tiene una doctrina de no-intervención y pocas razones para poner muertos aquí. Así que lo más seguro es que si manda tropas, estas solo entren un poco más allá de la frontera, hasta Santa Elena, por ejemplo, difícilmente veremos soldados brasileños en Puerto Ordaz.

Garantizar una red segura para la distribución de la “ayuda humanitaria”

El truco de esta invasión es que no es a un país enemigo que está justificado destruir, sino uno que, supuestamente, hay que proteger.

Por eso las imágenes que mucha gente se hace de bombardeos indiscriminados están fuera de lugar: no tienen razones para hacer eso. Los combates, sin embargo, causarán daños colaterales, sobre todo porque no se pondrán “botas en el terreno” hasta que bombas y misiles no hagan el suficiente daño: a la hora de la chiquita siempre es preferible un civil venezolano muerto que un soldado de Ohio.

Y los centros de poder y bases militares están en todo el centro de las grandes ciudades.

Precisamente porque no pueden evitar hacer daño, y porque es en gran parte una operación propagandística, habrá un gran despliegue para demostrar lo buena que es la invasión, y esto implica el despliegue de la USAID y otras organizaciones en todo el territorio o en gran parte de él.

No tienen que quedarse: les basta llegar, hacer un operativo y tomarse las fotos. Será fácil para Trump y Rubio conseguir quien les dé dinero y bienes, pero mucho más difícil que les den soldados. Lo que nos lleva a otro problema.

Después de la fiesta

No hay razones para pensar que esta invasión sea una conquista como las de Irak y Afganistán. Como muchas otras en la historia del Caribe se trataría más de un golpe de Estado por fuerzas extranjeras.

Para Trump, mostrar a la plana mayor del chavismo en bragas anaranjadas, visitar la Caracas “liberada” y hacer una reunión del Grupo de Lima aquí, saturar con publicidad la repartición de la ayuda y atribuirse las elecciones libres en Venezuela sería bastante para cubrir todo el periodo de la precampaña y la campaña presidenciales: a él no le importamos.

Así, podría moverse a otras cosas como usar nuestro petróleo como pieza de negociación con China y Rusia. A Rubio y los anticastristas les bastaría con consolidar bien el “Gobierno de transición”, antes de moverse tras Cuba y Nicaragua.

Pero hay un problema ¿y si Venezuela queda peor?

El dilema de la invasión es que destruiría o dispersaría las fuerzas militares y policiales necesarias para mantener el orden público. También a la administración.

Entendamos esto: no hay ninguna razón para que esos países tengan interés en echarse encima la administración diaria de un país que ya, antes de esa hipotética guerra, está bastante mal.

En ese sentido, es probable que para alguien como Trump, repartir los costos lo más posible sea esencial y se traiga a los Cascos Azules o se organice una fuerza multinacional de paz. Esto podría ser esencial en la continuidad a futuro del Grupo de Lima y para el eje Trump-Duque-Bolsonaro-Macri.

Obviamente habrá un Gobierno de transición compuesto de venezolanos, pero no está claro cómo estará la infraestructura después de esa guerra o el orden público, o cuánto duren los focos de resistencia del chavismo.

Incluso si en un primer momento es vencido o se repliega, no es seguro que luego, como en Irak, no surjan brotes rebeldes. Chavistas o de otra índole.

Iniciaría, seguramente, una inmensa batalla mediática para filtrar lo malo y mostrar lo bueno, y el esfuerzo para reconstruir unas fuerzas armadas y organizar las policías para que se hicieran cargo del orden público sería fundamental.

El nuevo Gobierno recibiría muchos donativos y ayudas, pero también quedaría fuertemente endeudado –sin duda por generaciones– y las reservas de petróleo, oro y coltán, se harían muy importantes: como parte de negociaciones de alto nivel entre potencias (“no te pago la deuda, pero te quito las sanciones que te puse que te cuestan más”) y como propina, sin duda, por las molestias de los “libertadores”.

Mas, para todo esto, basta que el Gobierno de transición y los ocupantes controlen determinados enclaves del país y no todo el territorio. El proceso de fragmentación del territorio, deterioro y nacimiento de soberanías criminales (como los sindicatos mineros) que tiene años en curso, no haría más que acelerarse.

Y esto no es hipotético: lo hemos visto en países ocupados por “Fuerzas de Paz”, como Haití, en otros donde se promovieron conflictos internos, como Libia, y en el mismo Irak, donde EE.UU. supuestamente iba a reconstruir, y de cuya devastación nació el Estado Islámico.

Y acá no están ofreciendo ni siquiera eso: Guaidó podría ser el presidente de las ruinas.

__________________

Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado